¿La inteligencia artificial realmente consume tanta agua o estamos frente a un nuevo mito digital?

Cada cierto tiempo aparece una publicación en redes sociales diciendo que hacer unas preguntas a ChatGPT equivale a gastar una botella de agua. El titular es perfecto para generar preocupación y, obviamente, clics. Pero cuando uno comienza a revisar qué hay detrás de esta afirmación, la respuesta no es tan sencilla.
Primero hay que aclarar algo: la inteligencia artificial sí consume agua. No porque ChatGPT tenga literalmente un caño abierto cada vez que hacemos una consulta, sino porque los enormes centros de datos donde funcionan estos sistemas generan muchísimo calor y necesitan sistemas de refrigeración. Además, producir la electricidad que alimenta estos centros también puede implicar consumo de agua.
El problema está en convertir esa realidad en una cifra universal. Hace algunos años se popularizó una estimación que señalaba que entre 5 y 50 consultas podían representar alrededor de medio litro de agua. Sin embargo, esa estimación dependía del lugar, la infraestructura, el modelo y hasta las condiciones climáticas donde funcionaba el centro de datos. Hoy existen instalaciones mucho más eficientes. Un estudio de Google de 2025, por ejemplo, calculó que una consulta de texto mediana en Gemini utilizaba aproximadamente 0,26 mililitros de agua, algo equivalente a unas pocas gotas.
Entonces, ¿el problema del agua es un mito? Tampoco.
El verdadero tema aparece cuando dejamos de pensar en una consulta y empezamos a pensar en cientos de millones de consultas diarias, modelos entrenándose, generación de videos, imágenes y empresas incorporando inteligencia artificial prácticamente en todos sus procesos. La Agencia Internacional de Energía proyecta que el consumo eléctrico mundial de los centros de datos podría llegar aproximadamente a 945 TWh en 2030.
Por eso considero que la discusión se está enfocando mal. El problema no debería ser sentir culpa cada vez que escribimos un prompt. La pregunta correcta debería ser qué están haciendo las empresas tecnológicas para utilizar energías renovables, mejorar sus sistemas de refrigeración y, principalmente, transparentar cuánto consumen realmente.
La inteligencia artificial no funciona en una nube imaginaria. Detrás existen edificios, servidores, electricidad, agua y recursos naturales.
Quizás ese sea uno de los grandes aprendizajes de esta nueva revolución tecnológica: lo digital también deja una huella física.
